¿Qué puede aprender la democracia representativa de nuestro tiempo de la democracia directa ateniense?

Desde las 21:00 hasta 02:00 el 25/10/2007

 

 

Se parte de dos supuestos. El primero, que no hay una continuidad entre la democracia griega y la moderna, algo que, por lo demás, resulta obvio, si tenemos en cuenta que desde la caída de la democracia en el siglo IV a.C. hasta la reaparición de la idea en el siglo XVIII, el trecho resulta demasiado largo para construir cualquier tipo de continuidad. El segundo, que bajo un mismo concepto lo único común es una misma palabra, pero que en cada caso se refiere a realidades, no ya sólo diferentes, sino incluso no siempre fácil de relacionar.

Desde una perspectiva griega, las democracias modernas no lo son realmente, así como desde nuestro punto de vista, la griega tenía enormes carencias que hacen difícil considerarla tal. La democracia ateniense es una democracia directa en la que deciden todos los ciudadanos presentes en el ágora, con el derecho de cada uno a intervenir. Pero hoy la rechazamos por excluyente, ya que dejaba fuera, no sólo a los menores de edad y a los extranjeros, como sigue ocurriendo, sino a las mujeres y a los esclavos, lo que nos produce especial indignación, aunque en Europa las mujeres hayan conseguido el voto en el siglo XX y abolimos la esclavitud en el XIX.

La moderna es una democracia representativa, es decir, los ciudadanos eligen únicamente a las personas que, previamente agrupadas en partidos, van a tomar por ellos las decisiones. Otra diferencia fundamental, mientras que nada ni nadie limita los acuerdos que tomen los ciudadanos en el agora, los que tomen las cámaras elegidas por sufragio universal están sometidas al ordenamiento jurídico: Estado de derecho.

Diferencias que en fin de cuentas se basan en el distinto soporte de la democracia, la pólis en la griega, y el Estado en la moderna. Cabe preguntarse, si una democracia que excluye a la mayor parte de la población, por directa que sea, puede subsumirse bajo el mismo concepto que una representativa en la que todos los ciudadanos mayores de edad participan en la elección de sus representantes. Por esta exclusión de la mayoría, la democracia ateniense a nosotros no nos parece tal. Pero, cuando la participación queda reducida, con muy pocas excepciones, a este mínimo, cabría también cuestionar su carácter democrático. Los griegos tampoco estimarían democrático nuestro gobierno representativo que elimina, precisamente, lo que consideraban la esencia de la democracia, la participación en la asamblea de todos los ciudadanos con voz y voto. A nuestra forma de gobierno la llamarían una “oligarquía electiva“. La Antigüedad no conoció la representación, una categoría que en la Edad Media crea la sociedad estamental, ni los derechos fundamentales de la persona que desarrolló la Ilustración, dos componentes esenciales de la democracia moderna que marcan la diferencia con la antigua.

Todo ello hace muy difícil comparar la democracia griega con la moderna, que exigiría una exposición detallada de ambos tipos, lo que rompe con mucho los límites de este capítulo. Pero si se intentara, el primer prejuicio que habría que desmontar es el tan extendido en nuestro tiempo de que democracia no habría más que una, la existente en el mundo occidental, y que, por tanto, habría que rechazar los análisis que reconociesen diversos tipos, o que planteasen un desarrollo ulterior de la democracia actual. Una comparación de la democracia griega con la moderna, tan distintas entre sí, tendría al menos la virtud de mostrar lo endeble de este prejuicio.

 

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Lugar:
Medialab-Prado. Plaza de las Letras, C/ Alameda, 15 · Madrid
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